Buenas noches pájaras ya estamos a 28 de diciembre .
El aire frío del anochecer mordía las mejillas y me encuentro sin mi pequeño , tocan las vacaciones de navidad y aveces descansar pero una mujer no suele descansar incluso cuando su año ha sido muy duro y en Madrid solo se puede hacer una cosa ponerse un buen outfit y salir a disfrutar de lo bonita que luce la ciudad llena de luces y espíritu navideño me encuentro dentro del exclusivo restaurante de la calle Jorge Juan, y os puedo asegurar y decir que el ambiente era de un calor sofocante, casi febril.
Me encontré con mi amiga Laura, con un escote que desafiaba la gravedad y las leyes de la física, apuraba su tercera copa de champán. Sus ojos, antes chispeantes, ahora denotaban una fatiga que ni el carísimo corrector de ojeras podía disimular. A su lado, su marido, Ricardo, un empresario inmobiliario con más deudas que virtudes, reía con una estridencia poco convincente. Su mirada, sin embargo, no estaba en Laura, sino en mi vestido negro con transparencias , el vestido que elegí me sentí un suspiro hecho tela, aunque la mirada de su marido era lasciva mi intención no era más que la de cenar con amistades y compartir antes de terminar el año como en cualquier cena de celebración de fin de año.
Ah, el fin de año, reflexionó Laura. La época en que los matrimonios se tambalean como un adorno navideño mal colgado y las verdades se disfrazan con papel de regalo. Una escritora como yo lo hubiera dicho así «En Madrid, las cenas de Navidad no son solo para comer, son la última batalla de un año de disimulos. Y la temporada de caza del próximo.»
Laura se levantó, su escote haciendo un movimiento peligrosamente arriesgado. Se dirigió al baño, no sin antes lanzarme una mirada matadora . El reflejo en el espejo le devolvió una imagen de sí misma que no le gustaba nada una mujer en el precipicio, intentando mantener la compostura mientras su mundo se desmoronaba lentamente.
Demasiadas preguntas sin respuesta, demasiadas copas de champán y demasiados secretos en el aire. El ambiente de fiesta de finales de año en Madrid, tenía un sabor peculiar, una mezcla de esperanza y de una desesperación silenciosa que, bajo la luz de las velas y el tintineo de las copas, podía ser letal.
Y yo pensando en escribir como una autora que conoce las grandes ciudades diría: «En la jungla de asfalto, incluso en Navidad, no hay pausa para los depredadores. Solo se disfrazan mejor».
Laura regresó del tocador, pero ya no era la esposa al borde del colapso. Se detuvo un segundo para observar la mesa desde la distancia, con la frialdad de quien analiza la escena de un crimen antes de que los operarios limpian la sangre. Ricardo seguía inclinado limpiando mi vestido , un camarero había arrojado sin querer una copa de vino y el destino que insistía en descolocar a laura al ver a aquel hombre secando frenéticamente esa mancha de vino tinto que había arrojado otro como excusa perfecta sobre mi vestido de satén , parecía una herida de bala.
—Querido, deja de frotar —dijo Laura, reapareciendo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, pero que cortaba más que el aire de la sierra—. Solo vas a conseguir que la mancha sea permanente. Y todos sabemos que en esta familia, los errores permanentes salen muy caros y mucho más cuando se trata de mi amiga y una de las mejores escritoras de las más grandes ciudades como Madrid y New york .
Ella se volteo hacia a mi con una sonrisa en la boca y dijo, cielo, el vino tinto se quita con vino blanco —prosiguió Laura, sirviendo una copa generosa y volcándola, con una precisión quirúrgica, directamente sobre mi hombro —. Consideralo una metáfora: a veces hay que ensuciarse un poco más para que la verdad salga a flote.
Me quedé allí, empapada en una mezcla de tintos y blancos, viendo cómo ella se marchaba con su abrigo de visón y sus gafas de sol a medianoche. Qué cliché. Una escritora de verdad sabe que el verdadero poder no está en irse primero, sino en ser la que queda para contar la historia.
En Madrid, si eres la mujer que sostiene la pluma, no puedes permitirte ser una víctima. Tienes que ser la directora de escena.
Repasé mentalmente mis propias reglas, las mismas que había seguido paso a paso esa noche, integrándose en el tejido cerebral de mi victoria silenciosa
La elección de la armadura. Sabía que el vestido en satén sería el cebo perfecto. En una mesa llena de negros y grises de una supuesta amiga , tú debes ser el punto de fuga. Si vas a ser el blanco de un ataque, asegúrate de que el contraste sea cinematográfico. El vino tinto de Laura sobre mi hombro no fue un desastre; fue el clímax visual que mi historia necesitaba para que todos en el restaurante , la miraran a ella con lástima y a mí con reverencia.
Y finalmente, el calzado de la retirada. Salí del restaurante sobre unos tacones de aguja de cuero y charol de esos que invitan a pecar , contra el asfalto madrileño con la cadencia mi ordenador para poder escribir lo que esa noche había sucedido . No puedes permitirte un traspié cuando estás abandonando el escenario del crimen. La postura debe ser impecable, los hombros hacia atrás, el mentón paralelo al suelo.
Al llegar a casa, me quité el vestido manchado y lo dejé caer al suelo como la piel muerta de una serpiente. Me serví una última copa, abrí mi ordenador y escribí la primera frase:
«En Madrid, algunas mujeres mueren por un escote traicionero, pero las que escribimos sabemos que la verdadera traición empieza cuando decides que ya no te importa que te manchen el vestido».
NEYMIR TORRES .