Por Neymir Torres
Queridos pájaros:
Escribo en esta ocasión para mis pájaros de España y de Madrid en particular, que lo tienen todo… y aun así sienten que falta algo. Para las que beben café frío mirando el móvil, para las que viven en ciudades grandes y silencios aún más grandes. Para aquellos que van de elegantes con el dinero de papá, esos que sobran en cualquier gran ciudad, los reyes del modernismo.
Cariño, ponte en situación: tengo un Aperol Spritz —bebida preferida de mi hermano Niels desde que llegó al desfile de D&G en Italia como uno de los mejores— en la mano. Estoy en un reencuentro con mi hermano al que llevo 16 años sin ver. Tantas cosas que aclarar, que contarnos. Está Abi, mi hermana, también se encuentra en este momento íntimo, y el cielo de Madrid rindiéndose a mis pies desde la terraza del Room Mate Macarena. Aquí, donde la visión de Kike Sarasola convirtió el diseño en una religión, el aire se siente diferente. Es ese lujo democrático, vibrante y descarado que solo alguien que entiende de verdad el estilo puede crear.
Sin querer, mi mente se cruza con esos «ejecutivos» de startup que pululan por aquí intentando mimetizarse con el entorno. Niños que confunden tener un contacto en la agenda de papá con tener el instinto tecnológico de Silicon Valley. Y los he visto, cariño. Los he visto de cerca.
Es casi un chiste verlos hablar de «imperios» mientras cuentan los céntimos que se ahorran explotando al personal. Los he visto juguetear con un perro que llevan a la oficina para parecer más guays, mientras los empleados —esos a los que apenas pagan— deben atenderlo, pasearlo, y dejar que les huela los pies. Y ellos, descalzos, vibrando «energía cool», soltando frases como:
«Estamos en modo ‘stealth’, pero vamos a romper el mercado» Traducción: Todavía no tenemos ni logo porque el becario al que no queremos pagar se ha dado de baja por ansiedad.
Los he escuchado decir esto. Con esa sonrisa de quien cree que la ambigüedad es estrategia.
«Cultura de startup, ambiente joven y dinámico» Traducción: Tienes 24 años, vas a cobrar en equity que no vale nada, y esperamos que trabajes hasta las 11 PM porque «así se construyen imperios».
He visto a los chicos de 24 años salir de esas oficinas a medianoche, con ojeras y la ilusión rota, mientras el founder sube stories desde Ibiza.
«Estamos pivotando el modelo de negocio» Traducción: La idea original era tan mala que ni la familia nos compró el producto.
He estado en esas reuniones. He visto el pánico disfrazado de «agilidad empresarial».
«Equipo multidisciplinar y horizontal» Traducción: Todos hacen de todo porque no queremos contratar a nadie más, pero el CEO sigue siendo el hijo de.
He visto al diseñador hacer soporte técnico, al desarrollador contestar emails de ventas, y al founder llegar a las once de la mañana con resaca de networking.
Aquí están, los «visionarios» del nuevo Madrid. Niños que confunden tener un apellido compuesto con tener un modelo de negocio, exhibiendo esa seguridad insolente que solo te da saber que, si tu startup a domicilio fracasa, siempre te quedará el consejo de administración de la constructora familiar.
Es de una cursilería técnica fascinante: se hacen llamar founders mientras celebran sus «rondas de financiación» (también conocidas como el fondo de pensiones de la abuela) brindando por unos beneficios que solo existen porque han decidido que el sueldo de sus empleados es un «gasto opcional». No es emprendimiento, es simplemente falta de clase con conexión Wi-Fi.
Es el colmo de la ironía madrileña: posan como artistas de la disrupción en una terraza de diseño, pero su única verdadera obra creativa es el malabarismo contable que hacen para explotar al personal mientras ellos se quejan de que el hielo de su copa no es lo suficientemente esférico. Lo he visto con estos ojos que ahora miran el atardecer madrileño junto a mis hermanos, después de 16 años.
Cariño mío, si vas a entrar en una de estas, espero que estés bien del corazón. En esta ciudad hay gente con talento intentando cambiar el mundo, y luego están estos personajes, que lo único que han cambiado en su vida es el color de la tapicería del yate. Si vas a ir de ejecutivo por la vida, asegúrate de que tus empleados puedan permitirse, al menos, el hielo del cóctel que tú te bebes a su salud.